La voz ronca del conductor me devuelve a la realidad en un abrir y cerrar de ojos. Horrorizada, compruebo mi situación: una urbanización a las afueras de Oviedo, a más de una hora caminando hasta mi instituto.
-Pero, ¿no va a hacer el recorrido de vuelta?- inquiero tratando de parecer lo más consternada posible.
-Me temo que mi turno ha acabado y el siguiente conductor llega dentro de una hora.- responde totalmente inmune a mis intentos de dar lástima.
Suspiro y salgo del autobús; para colmo, llueve y me he olvidado de traer paraguas.
Confiando en que la tela impermeable de la mochila Roxy protegerá la Kodak y los libros, me cubro el pelo con la capucha del anorak y me dispongo a iniciar la caminata.
Cuando llevo más o menos la mitad del recorrido realizada, las gotas de lluvia comienzan a caer con más furia, hasta terminar convirtiéndose en bolas de granizo.
Analizo las circunstancias durante unos segundos: todavía quedan unas horas para la exposición, por lo que me puedo permitir el lujo de detenerme en un lugar cubierto y esperar a que la tormenta amaine.
Miro a mi alrededor y decido que la Biblioteca Municipal va a ser la elegida para hacer la pausa hasta reanudar el camino.
Al entrar, un agradable olor a papel viejo me embriaga. Me dirijo sin pensarlo mucho hacia las mesas del centro de la sala y tomo asiento en el extremo de una de ellas.
La Biblioteca a esas horas está practicamente vacía. Los únicos que nos encontramos allí somos la bibliotecaria, que en estos momentos está absorta en la pantalla del ordenador, un hombre que deambula entre las estanterías y yo. En frente mía, una mesa más alante, hay un chico joven, que cuando me quiero dar cuenta me está mirando fijamente.
Al devolverle la mirada, me sorprendo descubriendo que es realmente atractivo: lleva su pelo castaño oscuro despeinado y ligeramente largo, sus ojos son de una tonalidad miel que parece estar en llamas y su barbilla está sombreada por el rastro de una barba de tres días.
No sé cuánto tiempo estamos mirándonos. Podría haber pasado un segundo, o un día. De pronto el chico rompe el vínculo haciéndome una seña para que me limpie algo en la cara.
Confundida, cojo el móvil de un bolsillo y me miro en el reflejo de la pantalla. Oigo la risa contenida del chico de la otra mesa al ver mi cara de humillación en cuanto descubro el eyeliner fusionado con la lluvia por mis mejillas. Patético.
Me escapo a los servicios para intentar mejorar mi aspecto. Al final, acabo igual que me desperté, con unas profundas ojeras y los ojos subiertos de un atisbo negruzco recuerdo del delineador.
Para cuando vuelvo del baño, el chico ya se ha ido, pero me percato de que no ha guardado el libro que escogió en su sitio, sino que lo ha dejado encima de la mesa.
La curiosidad se apodera de mí y me acerco a ver qué estaba leyendo mi espectador. Tengo la teoría de que los libros que leemos, al igual que la música que escuchamos y las películas que vemos, dicen mucho de nosotros aunque no lo pretendamos.
Me sorprendo al ver que se trata de un ejemplar de Psicoanálisis aplicado, de Freud.
"Quizás esté estudiando una carrera de Filosofía o Psicología..." pienso intuitivamente.
De manera inconsciente, ojeo el libro por encima, hasta que aparece un folio cuadriculado que parece fuera de lugar en comparación con el papel amarillento del libro.
Me siento y me dispongo a leer las palabras en él escritas, delineadas con una caligrafía fresca y despreocupada:
MAREAS DE LAVA
Por los barrios bajos de esta ciudad,
por aire, por la tierra y por el mar
te he buscado.
Por los bares más tristes de Madrid,
por la primera esquina en la que te vi
te he llorado.
Porque qué sabrán ellos de hadas
si jamás han visto tu magia.
Jamás han visto las estrellas envidiarte al brillar,
jamás se han perdido en tu espalda de lunar en lunar.
Jamás te vieron amando y amada
bailando a merced de mareas de lava.
Después de estos versos, se divisan los restos de borraduras de lápiz, por lo que deduzco que el poema está inacabado.
A pesar de estar incompleto, me parece una composición preciosa. Quien quiera que lo haya escrito debió sentir una necesidad incontrolable de expresar todos los sentimientos que atesoraba en su interior de alguna manera.
Y qué mejor manera que la poesía.
Alguien haciendo uso del sentido común dirá que es prácticamente imposible conocer el autor, dado que miles de usuarios pasan al día por la Biblioteca, y un determinado número de ellos podrían coger ese libro.
Pero mi intuición parece saber que el que escribió ese poema estaba hace unos minutos sentado en el lugar que ahora estoy ocupando yo.