Take me down to the paradise city where the grass is green and the girls are pretty, oh won't you please take me home...
La estridente voz de Axl Rose procedente de la alarma de mi teléfono me arranca de mi profundo sueño, recordándome con impaciencia que en media hora he de estar en la parada del autobús.
Con los párpados semicerrados, detengo el despertador y repito la rutina de cada mañana: una breve ducha para despejarme, un apresurado debate acerca de la ropa que voy a llevar hoy puesta y una buena taza de café para resucitar después de seis horas de quietud.
Me miro al espejo con desaprobación, y comienzo a rebuscar en la repisa del aseo hasta dar con lo que busco: un corrector de ojeras y un delineador de ojos negro.
Normalmente no suelo maquillarme para ir a clase, me resulta estresante tener que renunciar a algunos placeres como rascarte el ojo o echarte agua en la cara solo para mantener intacta la pintura de mi rostro...
Pero hoy lo necesito. Hoy es de esos días en los que necesito desesperadamente confiar y sentirme agusto conmigo misma.
La razón, por muy ridícula que parezca, se trata de una exposición en clase de Literatura. Veinte minutos hablando con soltura y naturalidad sobre un tema cualquiera para que un amargado comience a sacar un defecto tras otro y te recompense con un mísero aprobado.
La gente que no me conozca muy a fondo no se habrá dado cuenta, pero tengo un carácter un tanto asocial. No me cae bien mucha gente, mi concepto de sociedad adolescente es más bien una panda de chicos o chicas en la que unos pocos lideran creyéndose superiores y los demás los siguen e imitan como perritos.
Es precisamente por ello que no me agrada la idea de estar más de un cuarto de hora siendo centro de su atención sin poder evitarlo, vulnerable a todo tipo de críticas y comentarios inoportunos. Para ser sincera, no es que me importen, sencillamente prefiero evitarlos.
Por los pelos, me subo al bus antes de que este reanude su trayecto. Saludo amablemente al conductor, quien me mira un poco sorprendido al notar los efectos del maquillaje en mi rostro. Como el vehículo no parece que vaya a ser llenado a estas horas de la mañana, apoyo los Converse negros en el asiento de en frente, y me dispongo a repasar el discurso que he preparado para Literatura.
Afortunadamente, he escogido de tema mi libro preferido, La sombra del viento, por lo que no tengo problemas en retener toda la información sobre el autor, los personajes y la Barcelona de los años cuarenta.
Miro por la ventana y me sorprendo al ver las gotas de lluvia resbalándose con rapidez sobre el cristal. Sin pensarlo dos veces, extraigo la cámara de mi mochila y capturo el momento en el que las luces de un semáforo se diluyen en el agua de la ventana. Como es un modelo Kodak, el resultado se imprime pocos segundos después. Nunca me ha gustado alardearme, pero realmente la instantánea es preciosa.
Os parecerá raro el detalle de que una adolescente de dieciséis años vaya al instituto con una cámara antiquísima guardada junto con libros de Filosofía y cuadernos de Matemáticas.
Esa es otra de las cosas que la gente que me conoce únicamente de vista no sabe de mí; la llevo prácticamente a todos lados. Me gusta considerarme una soñadora que encuentra la belleza incluso en los rinones más inhóspitos de la ciudad.
Casi inconscientemente, el café y la ducha refrescante empiezan a perder sus efectos, y mis párpados cubiertos de fino eyeliner negro se vuelven muy, muy pesados.
Así, sin pretenderlo, me duermo mecida por el vaivén de los baches de la carretera de la Calle Uria, con el guión de la exposición en una mano y una fotografía abstracta en la otra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario